Mostrando entradas con la etiqueta Poemas.. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Poemas.. Mostrar todas las entradas

domingo, 20 de febrero de 2011

Como un jilguero...

Como un jilguero que surge en el camino
empujado por la mística y la música;
como un santón que guarda en su memoria
los ritos ancestrales de la tribu,
el poeta, desterrado al margen de la historia,
va amasando con palabras el pan de cada día.

Lo amasa con lágrimas
mixtas de angustias y de risas
que brotan del gozo y el dolor de sus arterias.

Lo cuece en el sol de sus íntimos ardores
y lo entrega, en un gesto de ofrenda,
en una última oblación que le sublima.
Busca una pobre sombra a que acogerse
al borde del orbe y la conciencia.

Y va esculpiendo el capitel del tiempo
hecho del cuerpo y alma de los hombres;
recogiendo las semillas desgranadas
por el hombre antecedente,
dispersas por el viento y el olvido.

Y una veces riendo y otras aterido
va buscando la palabra equilibrada
entre el silencio, el grito y el gemido.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Crepuscular.

Nace el silencio y la soledad asoma al borde del vacío,
cuando el hastío y el tedio señorean en el reino de los sueños.
Ni un alegato surge para avivar la llama que fenece.
Es preferible sentarse y mirar fuera, por si un pájaro
entona el trino triste de Tosca y lanza un último vahído.

Es la tímida luz del límite del día
en que se intuyen certezas de verdades nítidas
y una sensación de paz prolífica y profunda
se dispersa por el orbe del espíritu.
Uno piensa
que aún le quedan brumas de esperanza
entre lo que la noche ofusca.

Cesa la crueldad y el firmamento nace
como una bendición, como agua tibia.
Una ducha matinal de beneplácitos
para disolver las manchas de la noche.

En un continuo ondular de olas y sueños
la noche se rompe contra el fulgor del alba,
sangrando entre las rocas y las sombras.
Deja estelas de granos robados a la arena
en su continuo lagrimeo de clepsidra.
El mar padece una eclosión de nieblas
y son pañuelos de adioses las espumas.

Mi noche sigue ciega en el estanque,
varada entre nenúfares sin orden;
se quiebran los juncos de la orilla y huye el tiempo
en larguísimas despedidas sobrepuestas.

Ahora, a solas y contrito, considero
que me he dejado engañar por mucho tiempo
e, inútilmente,
me he permitido dilapidar la vida en espejismos,
mientras otros marcaban mi camino.
Confieso, al borde del último crepúsculo,
que he cedido en préstamo la vida;
que me han vivido la vida…¡tan deprisa!

El crepúsculo se queda reducido
al común denominador de las ausencias.

lunes, 18 de octubre de 2010

Desenterrar vivencias.

Hay épocas en que parece que los astros giran con el ceño fruncido y una pertinaz grisura todo lo envuelve. Los relojes marcan las horas con desánimo y una pátina monótona difumina a los seres y las horas. Pasados los años, se hace difícil excavar en el magma de aquel tiempo; desenterrar vivencias y poner rostro a los recuerdos. Hasta la memoria virgen e impoluta de un niño se torna feble en estos casos para fijar los hechos y las cosas. Son recuerdos amontonados y difusos.

Hoy no me alivian las lágrimas.
Hombres solitarios
pululan ateridos por los predios anchurosos
de recintos prohibidos.

Lágrimas y rocío van regando
las huellas que dejaron
olvidadas.

Huellas que aparecen y se borran
mientras vamos caminando.

Son los restos de las ánimas de aquellos
que dejaron el camino socorrido
y siguieron tras el rastro de una sombra dilatada;
esa sombra fantasmal que se mezcla o se disipa
con las sombras de otros hombres
que, en continua letanía,
nos preceden y nos nombran sucesores.
Sombras que abandonan y que hibernan
alternantes en el fondo de los ciclos,
y que forman hipotéticos refugios
en que unirnos todos juntos.

Son las sombras que van siempre acompañando
a la marcha vacilante del vencido.

Son palabras que pretenden rescatarnos,
asombrados al oír cómo reclaman
las sílabas heredadas que formaron nuestro nombre.

Lágrimas caídas
sobre el polvo infructuoso de los siglos transcurridos,
en que, solos, caminamos indecisos
sin saber si dar el paso,
proyectando, en borrosos arco-iris,
los contornos del naufragio,
o quedarnos compungidos
en el dorso del ocaso.

miércoles, 28 de julio de 2010

Huyendo de las cofradías.

Me ha nacido un día huérfano de esperas.

No hay un suspiro que me lleve
más allá del tiempo y de la escarcha,
y llueve hacia una lentitud de campo sin cosecha
que deja sin sentido la calma de la noche.

No hay nadie afuera. Sólo
las ramas retorcidas de un árbol sin hojas y sin sombras.
Sólo el corazón que en su corola espera
el frescor del rocío y de la aurora.

Los recuerdos que congela la memoria son inertes.

El tiempo los adoba y adereza para la complacencia.
Se filtran y se escapan de la tupida red de los olvidos
inútiles retazos de deshechos que ya nacieron muertos.
Recorren las distancias en dirección inversa
entre rumores de aguas que arrastran al que vaga
por los bosques calcinados por las antiguas heridas,
entre gritos de árboles que habitan las aves augúrales.

Un búho mira con ojos de Minerva.

Disputan entre sí veredas y leyendas;
residuos que van así, por senderos dispersos
en busca de los sueños rotos y de las rosas muertas.
No hallan la brújula de musgos en la corteza vieja de las hayas.

Como una esclava que busca en el cráter del desierto
la lámpara que olvidó la marea sobre una agreste duna;
que la luna convierte en playa o páramo,
reverberando, como en un cielo de abrojos y de arena.

E intenta caminar a tientas entre vísceras huecas;
desgarrarse las costuras de la piel y sus anejos
sólo para verse los surcos púrpuras,
marcados por las huellas de las venas.

Mirarse a si mimo frente a frente y reprochase
haber perdido las llaves de las puertas del encierro,
y quedar para siempre prisionero de su autismo.
E intenta mudar de piel, darse la vuelta,
(la palmada en el hombro de que hablaba Vallejo)
para mirar de cerca qué se oculta
en esa turbamulta de ser indiferente que se mezcla
en la incierta dualidad de ser distinto
y ser él mismo, al mismo tiempo.

viernes, 7 de mayo de 2010

Canciones de amor esperanzado.

Si, ya fuera al azar, ya de ex profeso,
buscando en río revuelto de los días,
hallé tu nombre grabado entre las piedras:
¿Qué puedo hacer sino tenerlo
enquistado en mis labios, pronunciarlo,
darle vuelta al revés hasta gastarlo
y hasta beberlo e incorporarlo
al clima urente que me envuelve?

Emborracharme de sílabas y letras,
deletrear con fruición cada fonema,
deleitarme en su cándido latido,
sabiendo que estás en él y que despierta,
con la huella esculpida en esa piedra,
una llamarada urgente hacia tus señas.

*****
En el principio fue el Ángel
que voló lejos de mí sin previo aviso
y me dejó desposeído
de la herencia del Verbo.
(El verbo amar, estoy diciendo)
Y todo fue soledad en un momento
tan cenital de la existencia.
Un suspiro, un instante
en que se urde, sobre la carne virgen,
la semblanza de un ser que despereza,
que nace y que germina.

Quiso un dios o el azar que tú llegases.
(Cosas, supongo, del destino).
Yo vagaba al azar por lo inconcreto.
Me miraste a los ojos fijamente y, sin hablarme,
yo sé que me dijiste:
“Líquidos están tus ojos y velada la voz
por sombras de abandono”.
Samaritana de fe, te me acercaste
y ungiste con tu mano la herida.
Y no hubo ya tiempos ni arcanos:
sólo lágrimas y besos
formando un nuevo amnios
en que nos sumergimos.

Vergel y lluvia para la tierra seca.
Oasis de sombra entre las dunas.

Me así al cuenco tibio de tu mano
y nunca, ni cruces de caminos,
bifurcaciones titubeantes,
abrieron las distancias.
Sólo un imán, una brújula, un destino.

Y hoy, que tu mano recorre mis arrugas y mis canas
con la turgente fuerza de tu ánimo,
tropiezo, sí, soy inseguro,
pero me ato a ti,
sigo singlando el rumbo
con ánimo o con miedo,
pero asido al gozo de tu mano.

Ese bordón que me eleva y que me guía,
desde un ayer
que ya es hoy
y que será mañana…todavía.

miércoles, 31 de marzo de 2010

A los iluminados proselitistas.

Llamaron a mi puerta tercamente
a una hora cualquiera de un día de diario:
eran unos hombres pulcramente sabios
que venían a explicarme los misterios
de su incógnito señor de los secretos.
Ese dios que según me dicen ellos
se encuentra ubicado en todas partes
pero sumido en el mayor de los silencios,
al que hay que amar y temer, al mismo tiempo.

Más tarde me llamaron nuevamente
otros hombres cargados de soberbia
a explicarme cómo arreglar el mundo
siguiendo a pies juntillas sus doctrinas,
sus sentencias políticas,
sus raras argucias estratégicas.


Traté de ser amable y, comedido, dije:
que si hablar con dios es necesario
hablaré con él un día, a solas y en directo.

Que arreglar el mundo me interesa,
pero arreglarlo de una vez y de tal modo
que no admita trampa o componenda.
Que no estoy de acuerdo con sus tretas.
Que ya me engaño yo sin que intermedien
absurdos charlatanes mercenarios,
fementidos y avaros pájaros de cuenta.

sábado, 9 de mayo de 2009

Me estoy quedando solo.


Me estoy quedando solo.
Las noticias no animan al aliento
Me estoy quedando solo y sólo siento
un vacío helador que sobrecoge.
Me estoy quedando solo, porque no se comprende
este críptico idioma que me crece,
y debo consolarme hablando al viento,
al bosque umbrío
o al arroyo.

Mirar de lejos para ver de cerca;
rodearme de autismo.

Está llegando el frío hasta los huesos
y he de hablar a solas con mí mismo.
Y desespero, pues no espero
“hablar con Dios un día”

Hubo tantas palabras en la boca…,
se derramó la acequia desbordada,
como si una certera segur lanzada a ciegas
hubiera dado
en el núcleo vital de un corazón de agua.
En la intemperie,
fuera de mi, del tiempo,
quedó de piedra la atmósfera parada,
impertérrita al viento.

Dos fresas apretadas como labios
se entreabren y fluyen las fontanas.
Se rompe el dique de un pudoroso temor
a ser blasfemo e irreverente con
con el casto rubor de las nostalgias.
Queda sólo el cascarón hecho fonema
en pos de veneros subterráneos.

sábado, 18 de abril de 2009

Ida y vuelta.


Largo ha sido el camino, violento,

para una meta incierta aunque sabida.

Arrecia el temporal de furia y miedo

y el descampado paisaje que se aleja

ofrece, desvaído,

escasos reductos de asilo y asistencia.


Sería bueno esperar a que pasara

la torva sensación de vivir muerto

y retornar de nuevo

al valle y a la higuera.


Hay un volver atrás que es suficiente

para no cesar de andar e ir adelante.

La vida en un zigzag titubeante;

la vida en un viaje de ida y vuelta.

lunes, 22 de diciembre de 2008

La última esperanza.


Se besarán,

serán arrebatados

por el leve peso del espasmo

de una ceguera lúcida.


Se olvidarán

del pasar de la gente,

los ruidos y la noche.


Pasearan su amor por la aceras

rozando las esquinas.

Crearán santuarios indelebles

porque, donde un hombre

y una mujer se aman

bendito es el sitio para siempre.


Dejarán pasar el último tranvía

ajenos al tiempo y la lluvia

que bautiza las palabras nuevas

que estrenan ese día.


Se agarrarán la mano

como se ase la hiedra a los muros olvidados

y vivirán la gloria

de un dios alado que pasa y los saluda.

Sedentarán los bancos angostos de los parques

recónditos.


Se mirarán de frente y, asustados,

no entenderán el temblor con que amanecen.

Sembrarán de hierba y sombra los arriates

preñados de lirios amarillos escondidos.

Sementarán la tarde y sus premuras

con urgentes llamadas a las lunas

que fulgentes les circundan.


(Miro a través de mi ventana

e izo una bandera que saluda

la llegada de los clamores nuevos).

Llenarán de esplendor su primavera

mientras yo siento que mi otoño, macilento,

se revuelve en su sima y reverdece.


Se besarán,

serán amigos de ríos de mares y de brisas.

Poseerán la tierra y los dioses

inclinarán sumisos la cabeza

ante un sueñode nuevo amor que crece y los destrona.