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viernes, 17 de agosto de 2007

A Juan de Yepes

Feliz aquel que “alza el vuelo hasta alcanzar la caza”
y no le arredran las heridas de las zarzas.
Dichoso el que osa mirar tras de las puerta entornadas
y aguza la mirada en busca del reflejo
de la luz más clara y más diáfana.
Bendito aquel a quien sorprende el día,
“aunque es de noche”;
que no le paran ni hierros ni cerrojos
que ocultan el sol de las mañanas nuevas.
Que trepa por el gótico de piedra;
una piedra de aristas y de ojivas,
que se torna hoguera y llama,
en busca de la serena sonrisa del arcángel.

(Romper la piedra con la fuerza oculta
de un pensamiento que taladra y que descubre
el envés del silencio y de la sombra;
un silencio que brota de estar solo;
solo consigo en si y en la conciencia
por una sonorosa senda serenada).

Dichoso el que piensa que mira desde afuera y cree distanciarse,
y en el instante mismo se percata
que una fuerza vivaz le va absorbiendo.
Dichosa la cúspide del alma que se pierde
en brazos del azul y la distancia.
Dichosa la paz del Verbo hecho palabra.

miércoles, 13 de junio de 2007

Venecia.

Que no se cierren las nubes tan deprisa.
Que esperen los cúmulos y nimbos
y dejen paso
al mástil enhiesto del último velero;
que dejen sitio al brillo permanente
del fuego de Santelmo.
Que quede un lugar a la esperanza.
Que se habilite un lugar a los recuerdos indelebles.
Que no se pierda, hundido en la laguna,
el vértice de la palina que sirve de reposo
al vuelo airoso y sutil de la gaviota.
Que no aumente febril el aguacero,
que el légamo ancestral de los canales
se haga alimento de la hiedra trepadora
y nutra y se haga espíritu perenne
germinado en el barroco,
trepando por las piedras y paredes.
Que penetre, indiscreta, en iglesias y palacios
alumbrados con las luces de Tiziano;
y que quede permanente en la retina
la orgía de escorzos, de sombras, de colores.
Que no se acabe el sueño, todavía;
que viva permanente en el delirio y el misterio.
Y que yo siempre halle el hada buena
que me oriente, como un lazo dorado en la valija,
para que, desde una altana, vea temblar en los reflejos mínimos
de las minúsculas olas
la gloria de Venecia.
Que haya una Ariadna que me guíe,
que haya una Beatriz que me conduzca
a través del laberinto, para seguir buscando,
entre el cieno del fondo de las aguas,
los anillos de oro que arrojara
el Doge desde el trono del Bucintoro.

miércoles, 18 de abril de 2007

A Silvia Favaretto

Esquivo, el gato, arquea el lomo
y ronronea al lado de la lumbre.
Crepita el fuego del hogar
como música de fondo.
Se abre la puerta en la penumbra y aparece
Silvia, con su vestido-clámide.
Se sienta junto al fuego y de su boca
surge Venecia en verso emocionado.
Un verso elaborado, cadencioso
que suena nemoroso y acaricia.
Un verso integral, como exudado
a través de su piel cálida y blanca.
¡Cosa extraña! Algo tan alto como el cielo
moró por un tiempo en La Cabaña.