miércoles, 30 de enero de 2008

El regreso.

Son los mismos páramos huraños, labrados por labriegos harapientos. En un espasmo, el tiempo parece colapsado y es la misma atmósfera enlatada. El mismo leve viento que llevaba, rodando, los cardos corredores.

No ha cambiado nada desde el día ¡aquel lejano día! en que, hastiado del tedio, de la infinita quietud de la monotonía, salí precipitado, como quien sale huyendo, de un páramo yermo, hacia una libertad imaginada, detrás de un horizonte sin fronteras donde hubiera otros cielos, otras tierras, otros soles distintos, con que saciar el ansia de quimera.

Unas lágrimas de madre acongojada, no fueron el freno suficiente. Solamente hicieron más dura la partida.

Hoy recorro la senda nuevamente; la larga senda que conduce desde la vieja estación, al borde del abandono y del olvido, hasta el triste cementerio en ruinas que, impávido, aguanta las incurias del tiempo, en el límite entre el campo y las casas del borde de la aldea.

Y yo soy el que vuelve desgranando los recuerdos a lo largo del camino. Yo soy aquel desarraigado indómito, el bulto negro del rebaño blanco, que fue el tormento y el llanto de una madre callada, resignada y hacendosa, amante del orden y el aseo; del hogar y la casa. Yo soy el niño de las greñas rebeldes y alérgicas al peine, de las rodillas sucias, desconchadas en cruentas batallas con el polvo y con la tierra. Aquel a quien cada día su madre repetía:
-Lávate la cara y péinate, que más pareces el hijo olvidado por un vagabundo descarriado-.

Los soles y los cielos y las tierras tan lejanas, atrás quedaron y no eran propicios ni brillantes. Eran falsos diamantes. El soñado paraíso sólo era un falso país de fábula y de cuento. Lo formaban convulsas multitudes corriendo solas a ninguna parte. Eran caras de máscaras aisladas que no tenían tiempo de parase y mirarse entre ellos ni a la cara ni a los ojos. Eran como huevos en banasta, aislados en sus cáscaras. Eran colmenas izadas contra el cielo. Eran sonidos estridentes y músicas sintéticas que obstruían el paso a las baladas y al canto de los pájaros. Eran luces de neón multicolores, intermitentes, neuróticas, que opacaban el brillo a las estrellas.
Dando tumbos por el mundo adelante dejé un rastro de historia errática, intermitente, víctima del desamor y el desarraigo. Y son sus huellas evidentes el mapa dibujado en mis venas con trazos morados, dehiscentes, violentos, que agujas inexpertas trazaron en mis brazos al sur de la epidermis. O este tabique nasal tan taladrado por túneles siniestros.
Por eso, al recibir la funesta noticia de tu muerte, vuelvo a rendirte un único homenaje que aún queda al alcance de mi mano.
. Me he lavado la cara y me he peinado –para que no te enfades-. Me he rapado la barba y, con gran esfuerzo, intenté domarme el cabello, que es lo único rebelde que me queda. Me he puesto el traje nuevo y los zapatos limpios, aunque el polvo del camino, nuevamente, los haya mancillado. He comprado flores frescas que el viento de la tarde, con su calor agreste, ha ajado.

Aquí estoy, ya sé que demasiado tarde, delante de tu tumba y aquí quedan, sobre la tierra recientemente removida, ese ramos de flores. Ya sé que no es bastante. Ya sé que no podré pagarte el llanto y la desdicha. Pero es un último intento para lavar mi imagen. Aún recuerdo cuando padre y tú me reprochabais mi mundo de fantasmas. Yo os miraba lejano, creyéndome maduro y no sabía que me había saltado y alterado el ritmo de los estadios y sin estar maduro, pasé de estar verde a estar podrido.

Y ahora veo, que la tierra está húmeda. Tal vez las lágrimas, tanto tiempo calladas, detenidas, han brotado en tromba de tus ojos cerrados y han mojado la tierra.
Tal vez sea por ello que las flores, que parecían marchitas, se han tornado de una nueva apariencia; brillante y turgente, como si una sabia nueva, renacida, les hubiese surgido con tus lágrimas,que esperan, tal vez, a juntarse con las mías, que están secas…que no brotan.

Como un quejido, rasgó el silencio el pitido de un tren que se alejaba rompiendo el horizonte hacia un país maravilloso donde el cielo, el sol y la tierra son distintos pero que yo estoy seguro que no existe.

3 comentarios:

Mamen. dijo...

Cualquier cosa que te dijera se quedaría corta, no hay palabras que describan la emoción y el sentimiento que hay en este texto.
Un abrazo.

Mamen. dijo...

¿Dije que era Precioso?

José Domingo dijo...

Nadie se fue del todo; la llanura es el hogar que nunca cerró las puertas.